Drive Thru Series

El proyecto plantea una revisión de uno de los mitos más populares de la cultura del siglo XX, América, y más concretamente del oeste americano, desde una perspectiva neutra a través de la representación y el análisis de ambientes y espacios que interactúan con palabras e invitan a la reflexión calmada y propia.

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La presente exposición recoge parte de la obra reciente de Pablo Pérez García. Cuando el artista me contactó para que dedicase algunas palabras sobre su pintura y, en concreto, sobre las piezas expuestas en esta muestra, no dudé en aceptar el encargo con ilusión y, también, con la responsabilidad de que se ve en la tesitura de discurrir sobre unas obras que, por lo elocuentes que resultan en sí mismas, no parecen necesitadas de un gran respaldo textual que las complete. ¿Qué podía decir? Lo cierto es que, habiéndome dedicado al análisis de los lenguajes realistas en la pintura de los últimos años, y siendo, además, tan cercano al imaginario del artista, no me ha costado demasiado, aun con la cautela expuesta anteriormente, discurrir acerca de los entornos que Pablo nos presenta en esta muestra.

En primera instancia, el grado de minuciosidad con que están tratados los elementos de la imagen, unido a la propia naturaleza de estos, nos hace pensar en las pinturas urbanas de Richard Estes, uno de los grandes referentes del hiperrealismo americano. Sin embargo, y pese a que, en efecto, el paisaje urbano norteamericano, Pablo también parece presentar unas imágenes ya absorbidas en lo simbólico y, por tanto, irreales, más cercanas al lenguaje del cine o la publicidad que a una pintura naturalista, la realidad que se da en Drive Thru, los paisajes urbanos resultan netamente realistas, aunque lo hagan desde los lenguajes del hiperrealismo y, por tanto, insertos en una categoría distinta: la de un realismo objetivo que, aun reformulado en clave contemporánea, se aleja de la visión hiperbólica de Estes para entregarnos una realidad que no deja de resultar cercana, a la medida de un pintor-observador demasiado empático con los lugares que habita y contempla como para reducirlos al icono frío y manido de los imaginarios más superficiales. No en vano, las imágenes que sirven de referencia fueron tomadas por el propio pintor en una aventura que él mismo nos relata así: Para realizar las fotografías en las que se basan las obras, recorrí durante el mes de agosto de 2019 parte de los estados de California, Nevada, Utah y Arizona, tratando de capturar entornos y ambientes que, sin grandes artificios o elementos llamativos, generaran en mi subconsciente imágenes cargadas de simbolismo estético y conceptual, apoyadas en el poso que toda esta cultura absorbida durante tanto tiempo ha dejado en mi imaginario.

Vemos, pues, que estas obras no nacen de la visión estereotipada de quien se dedica a reproducir iconos de la cultura popular, pero tampoco son fruto de la mirada inocente de un lugareño que, sin mayor reflexión, se limitase a dar cuenta de lo que tiene alrededor. Nos encontramos, más bien, en un punto intermedio: el de la colisión entre realidad y mito. Sucede que el arte tiende a resolver esta coyuntura en favor de alguno de sus extremos, y por eso que, sobre todo en la historia de la pintura, encontramos que los grandes nombres que la adquieren frecuentemente han mostrado su adhesión explícita bien a un naturalismo desmitificador, bien a la modulación idealista de lo real. En Drive Thru, empero, la balanza no cede a uno u otro actitud sino que se mantiene equilibrada en un punto que Pablo sabe acotar con precisión: aquel que surge de la confrontación tácita entre ese imaginario del oeste norteamericano con el que casi todos, en todas partes del mundo, hemos crecido, y la experiencia real de una cultura que parece no terminar de confirmar ni desmentir el bagaje mítico que a su arte de masas ha inoculado en nosotros. El pintor no se entrega a un ejercicio de mistificación en el que se persiga mostrar una realidad especialmente mundana o sórdida que ponga en jaque la estética y mitos del cine, la televisión o la publicidad, pero tampoco abraza alegremente estos iconos hipertrofiados. No hay fuegos de artificio en uno y otro sentido sino, antes bien, una realidad desnuda, donde la síntesis de planos, las composiciones o lo medido de los elementos que aparecen en ellas nos recuerdan más al silencio de los entornos vacantes de Hopper que a la incontinencia visual de aquel hiperrealismo que buscaba, paradójicamente, acariciar lo irreal. Y es que, como sucede con Hopper y, también, con los pintores de la Escuela Ashcan, el dominio por parte de Pablo de los lenguajes de la publicidad y el diseño gráfico no conduce a esos iconos embalsamados característicos de ciertos paisajistas urbanos de corte pop sino, más bien, a estampas que no han terminado de perder la atmósfera propia de los realismos naturalistas, por más que el artista aplique sobre ellas procedimientos y técnicas propios de la imagen digital y el arte asistido por ordenador. Ni siquiera la inclusión de textos renderizados parece amenazar la integridad de sus atmósferas: en lugar de aparecer descontextualizadas, al estilo del pastiche irónico de Wayne White, las palabras de Pablo se integran en sus escenas sin resultar extravagantes o excesivamente artificiosas.

En definitiva, lo que vemos en Drive Thru es eso que tan pocas veces, y menos aún a día de hoy, encontramos en la pintura de temas similares, pero que sin embargo parece inseparable de todo gran arte: la sutileza. Se trata de una exposición que conviene recorrer con tranquilidad, dejándose contagiar de la calma y mesura del artista a medida que se observan unas escenas familiares y lejanas a un tiempo, ubicadas en algún lugar entre lo mítico y lo real. Un lugar que quizá solo podamos definir con una palabra: oeste.

Miguel Pujante
Doctor en Bellas Artes

Natives. Oil on Canvas, 60,5x42cm.
Vegas. Oil on Canvas, 60,5x39cm.
Sand. Oil on Canvas, 89,5x60cm.
West. Oil On Canvas. 80x42cm.
Future Past. Acrylic on Wooden Canvas. 50x40cm.